
La crisis financiera en Grecia, que se está extendiendo a España,
Portugal y a Irlanda (los países denominados PIGS, por sus nombres en
inglés) generó un fuerte desequilibrio en las economías del resto de
Europa. Desde que Grecia se incorporó a la eurozona en 2001, la
inflación y los mayores salarios le hicieron perder 30 puntos de su PBI
frente a la Unión Europea (UE). La semana pasada, por esa situación el
euro se devaluó cinco centavos frente al dólar y arrastró a la baja a
las bolsas de toda Europa.
El presidente del Banco Central
Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, pronosticó que Grecia reducirá su
déficit de 12,7% de su PBI al 3%, el máximo establecido para la
eurozona, en los próximos dos años.
Grecia incumplió durante
años los criterios de estabilidad y ahora debe hacer frente a las
consecuencias. Sin embargo, su situación no pone en peligro al euro.
Grecia no es un caso para el Fondo Monetario Internacional (FMI). El
ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, consideró que las
turbulencias en los mercados internacionales en torno al euro es
exagerada. "La divisa europea es estable", dijo.
La ministra de
Finanzas de Francia, Christine Lagarde, fue más indulgente que sus
colegas. Lagarde contó que durante la reunión en Canadá, ella y otros
ministros reconocieron y elogiaron los esfuerzos que está haciendo
Atenas por sanear sus cuentas públicas. "Los miembros del G7 se
preocuparán de que se ponga en práctica", prometió.
En el
encuentro, los ministros de los siete países industrializados más
importantes de Europa se pusieron de acuerdo para mantener el gasto
público de cada país y evitar que se estanque la tímida reactivación de
la economía. "La postura de la mayoría de los países es respaldar
primero la economía y volver a trabajar para paliar el déficit
presupuestario cuando realmente se haya salido de la recesión", dijo el
director de Finanzas británico, Alistair Darling.